Lo que decimos que es nuestra ciudad
José Alfredo Jiménez
El edificio que habita una Falange no tiene ninguna semejanza con nuestras construcciones de la ciudad y campiña; y para fundar una gran armonía de mil seiscientas personas, no se podrá hacer uso de ninguno de nuestros edificios, ni aún de un gran palacio como el de Versalles, ni de un tan gran monasterio como el de El Escorial. Solamente podría aprovecharse uno u otro fundando una Armonía mínima de 200 o 300 y todo lo más 400 personas. Los alojamientos, plantaciones y establos de una sociedad que opera por series de grupos, deben diferir prodigiosamente de nuestras ciudades y pueblos poblados por familias que no tienen ninguna relación socialista y que obran contradictoriamente: en vez de ese caos de casetas que rivalizan en suciedad y deformidad de nuestros pueblos una Falange; se construye un edificio tan regular como lo permita el terreno... Una de las alas debe reunir todos los talleres ruidosos, como carpintería, herrería, etc., y todas las reuniones infantiles que son tan bulliciosas en industria como en música. Se evitará con esta reunión uno de los más molestos inconvenientes de nuestras ciudades civilizadas, donde se encuentran en cada calle obreros de martillo, forjas o aprendices de clarinete, que rompen el tímpano de cincuenta vecinos.
Charles Fourier, El falansterio
"Una ciudad como Londres, donde se puede caminar horas enteras sin llegar siquiera al comienzo de un fin, tiene algo de desconcertante. Esta concentración colosal, esta acumulación de dos millones y medio de hombres en un solo punto, ha centuplicado la fuerza de estos dos millones y medio de hombres... Pero todo lo que... esto ha costado es algo que se descubre sólo a continuación. Después de haber vagabundeado varios días por las calles principales... se empieza a ver que estos londinenses han debido sacrificar la mejor parte de su humanidad para realizar los milagros de civilización de los cuales está llena su ciudad, que cien fuerzas latentes en ellos han permanecido inactivas y han sido sofocadas... Ya el hervidero de las calles tiene algo de desagradable, algo contra lo cual la naturaleza humana se rebela. Estos centenares de millares de personas, de todas las clases y de todos los tipos que se entrecruzan ¿no son acaso todos hombres con las mismas cualidades y capacidades y con el mismo interés de ser felices?... Y sin embargo se adelantan unos a otros apuradamente, como si no tuvieran nada en común, nada que hacer entre ellos; sin embargo, la única convención que los une, tácita, es la de que cada cual mantenga la derecha al marchar por la calle, a fin de que las dos corrientes de multitud, que marchan en direcciones opuestas, no se choquen entre sí; sin embargo, a ninguno se le ocurre dignarse dirigir a los otros aunque sólo sea una mirada. La indiferencia brutal, el encierro indiferente de cada cual en sus propios intereses privados, resulta tanto más repugnante y ofensivo cuanto mayor es el número de individuos que se aglomeran en un breve espacio."
Friedrich Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra
“Para nuestra época, en la cual el predominio de la técnica implica evidentemente el prevalecer de una conciencia inteligente y lúcida (como causa y consecuencia) he hecho notar cómo la espiritualidad y el recogimiento, sofocados por el esplendor de la ciencia y de la técnica, se toman su revancha en la forma de un profundo sentido de tensión y de nostalgia sin meta; en la impresión de que todo el significado de nuestra existencia se encuentre tan lejano y remoto que no lo podemos ni siquiera localizar exactamente y que nos encontremos siempre en peligro de alejarnos, en lugar de dirigirnos hacia él; y luego, además, la sensación de que el mismo se encuentre justo ahí delante de nuestros ojos y que nos alcanzaría con tender la mano para aferrarlo si no nos faltara siempre un mínimo de coraje, de energía o de seguridad interior. [...] La falta de algo definitivo en el centro del alma empuja a buscar una satisfacción momentánea en estímulos siempre nuevos, emociones, actividades externas; y de este modo nos envuelve esa confusión, inestabilidad e inquietud permanente que se manifiesta a veces como el alboroto de las grandes ciudades, a veces como la impaciencia de los viajes, a veces como la furia desencadenada por la competencia, a veces como el fenómeno típicamente moderno de la inconstancia en el campo de los gustos, de los estilos, de las convicciones y de las relaciones personales.”
Georg Simmel, "El dominio de la técnica"
"la economía monetaria y el dominio del intelecto están entre ellos intimamente conectados. Tienen en común la objetividad pura para el tratamiento de los hombres y de las cosas, en la cual una justicia formal va frecuentemente unida a una despiadada falta de escrúpulos... Todas las relaciones afectivas entre las personas se fundan en su individualidad, ahora bien, mientras que las intelectuales operan con los hombres como si fueran números, como si fueran elementos indiferentes en sí mismos, que interesan sólo por su rendimiento objetivamente valorable y mensurable, tal como sucede en el ambiente de las grandes ciudades con sus proveedores y clientes, con sus domésticos y frecuentemente también con las personas que forman parte de su ambiente y con los cuales debe mantener alguna relación social"
Georg Simmel, "La metrópolis y la vida espiritual"
En una ciudad, verbigracia, cada barrio está formado por la yuxtaposiciónn incoherente de algunos miles de familias que componen su población, de las casas, cabañas, chozas, caballerizas, establos, bodegas, graneros, cocinas, etcétera. que ahí componen el sistema de habitación: de los innumerables lotes o pedazos de tierra que componen el terreno cultivable, en todas las casas reina ahí la división. Todos los elementos del barrio, en lugar de concurrir en un sistema ordenado, de formar un conjunto poderoso, rico, armoniosamente variado, luchan sin cesar los unos contra los otros. y están continuamente en guerra abierta o secreta: es la “anarquía permanente". [...] Siendo la asociación el principio alveolar de las sociedades armónicas, la “comuna armónica" es necesariamente el mismo estado societario. La “comuna societaria se llama falange"; el edificio unitario que habita, y que es un verdadero palacio, aunque más económico en su construcción y conservación que el barrio incoherente, lleva el nombre de “falansterio”; las tres o cuatrocientas familias de la falange están asociadas entre si y, a pesar de las desigualdades de fortuna. interesadas directamente todas en el bien común. Cada una, en efecto, tiene parte en la renta general, en proporción de su trabajo, de su talento y del capital que ha invertido en la asociación, en la falange. Los talleres, los instrumentos de trabajo, las tierras y todos los inmuebles garantizan el valor de las acciones y, por consiguiente, la propiedad; pero ellos son girados y administrados por la falange, que tiene ahí la propiedad colectiva. Los trabajos del menaje, de la agricultura, de las manufacturas, de la educación, del comercio, de las ciencias y de las artes, están organizados y jerarquizados. Las funciones, divididas y subdivididas al extremo permiten a cada uno entregarse a los detalles por los cuales tiene más gusto y aptitud. Pero si cada uno tiene derecho de tomar parte en cualquier ramo de servicio, no se asciende en la escala de los grados y emolumentos sino mediante ciertas pruebas. Todas las industrias vienen a ser, pues, funciones comunales, después departamentales, provinciales, nacionales, internacionales, etcétera, y todos los trabajadores funcionarios asociados. Plotino Rhodakanaty
Samuel Ramos ""
Dentro de este vasto programa, los problemas de las ciudades modernas han engendrado su técnica con el nombre de PLANIFICACIÓN. Estos problemas -provocados por el desarrollo de la gran industria-, son fundamentalmente, el crecimiento de la población de las urbes -que significa la despoblación de los campos-, con los problemas que derivan, a su vez, de él mismo: el del alojamiento; el del tráfico de vehículos; el de la localización de las diversas actividades humanas dentro de la ciudad; el del tipo de vivienda, según la ocupación y la renta de que disfruten sus moradores; el de la ubicación del hogar en relación con los sitios de trabajo; el de los espacios abiertos -arboledas, jardines, parques, y centros deportivos-, de acuerdo con la densidad, calidad y distribución de la población citadina; el problema de reorganizar la vida de las ciudades de acuerdo a un nuevo concepto de obligaciones, derechos y garantías de los individuos y la especie, corrigiendo materialmente los defectos y los vicios de todo orden, que aparezcan como consecuencia de la comparación del viejo modo de vivir con el nuevo programa de vida social, y el problema de prever -ya dentro de este programa- el crecimiento de los centros de población.
Vicente Lombardo Toledano, 1929
José Gaos
Lo que llamamos nuestra ciudad
Ingeniería en México 400 años de historia. Obra publica en la Ciudad México, S. XVII
La tromba caía del cielo con tanta abundancia cuanta jamás se había visto en la Nueva España
Anónimo
El cuerpo del agua fue tan grande y violento en las plazas calles, conventos y casas, que llegó a tener dos varas de alto por lo menos
Alonso de Cepeda y Fernando Carrillo
Este año de 1629, el día de San Mateo, sobrevino la inundación general, que universalmente anegó toda la ciudad, sin reservar de ella cosa alguna, cuyo cuerpo de agua fue tan grande y violento en la plazas y calles, conventos y casas de esta ciudad, que llego a tener dos varas de alto el agua por donde menos
Relación universal legitima y verdadera del sitio en que está fundada la muy noble, insignie y muy leal Ciudad de México, cabeza de las provincias de toda Nueva España, Fernando de Zepeda, Imprenta de Francisco Salbajo 1637
todos los dueños de posesiones levanten frente a la suya una calzada de mampostería escarpada de dos varas de ancho, y media vara de altura; de tal manera pegadas a las paredes que sirvan de estribo, que impida que se debiliten los cimientos.
Una invitación del Gobierno "a las personas de cuenta" para un donativo, y del Ayuntamiento a los gremios y oficios; un impuesto de medio real por cuartilla de vino, o cincuenta pesos por pipa pagaderos al tiempo de desembarcar en Veracruz; el uno por ciento sobre la propiedad raíz, deduciendo los censos, la cesión del sueldo que los alcaldes mayores percibían del tesorero; la cesión de las ordenes religiosas por un año de la dotación que les tenía asignada el gobierno para vino y aceite; lo mismo para los beneficiados de los partidos dela mitad de sus salarios por un año; cesión de "los encomenderos de pueblos que tienen renta en pueblos vacos"; lo mismo para los empleados del Gobierno que tienen gajes, de la tercera o cuarta parte de sus sueldos; lo mismo para los que tienen empleos comprados, de la quinta parte; lo de una cuota proporcional de los que sólo disfrutan emolumentos; una contribución en dinero, gente y materiales al marquesado del Valle, proporcionada a su riqueza; tomar dinero al 7%; un impuesto sobre las mercaderías de Castilla, china, Perú y Yucatán; y el producto un año del derecho de Señoraje de la Casa de Moneda.
Plano Ygnográfico de la ciudad de México, 1794 , Ignacio Castera http://bdmx.mx/detalle/?id_cod=57
La esperiencia ha probado ya, sin dejar lugar á medida que van pasando los tiempos, van siendo menos frecuentes las erupciones y los grandes transtornos causados por los terremotos. En la memoria, acaso tendré la satisfacción de probar esta aserción tan consoladora: básteme ahora decir en resumen, que las tablas generales de comparación, que en este momento tengo a la vista resultan,
Terremotos considerables:
En el siglo XVI ……….73
En el siglo XVII ………69
En el siglo XVIII …….24
En el siglo XIX ……….6
y debe notarse que según van siendo los tiempos menos remotos, las noticias y observaciones son necesariamente mucho más ciertas y seguras. Consultense las antiguas gacetas de México, y se verá que en el año de 1776 tembló el suelo de esta Ciudad por espacio de más de veinte días, y en otros parages por más de 50. Hubo entonces en la capital, como hoy, mucho mayor temor, paredes caídas, cúpulas desplomadas, casas abandonadas por los habitantes, mentiras inventadas por el miedo, por la ignorancia, ó por la malicia &c., &c., hasta hace poco á poco la naturaleza hizo su oficio; los habitantes volvieron a la ciudad y á sus ocupaciones acostumbradas; las cosas recobraron su curso ordinario; nadie volvió a hablar de lo pasado sino como un suceso histórico, y México continuó en el mismo lugar en que siempre ha estado, esperiementando otros terremotos más ó menos fuertes, lo mismo que sucede hoy, y que probablemente continuará sucediendo mientras no varíe la naturaleza de su terreno.
(Ignacio Cumplido, 1848)
"Relación universal legitima, y verdadera del sitio en que está fundad la muy noble, insigne y muy leal ciudad de México cabeza de las Provincias de toda la Nueva España, Lagunas Ríos, y Montes que la ciñen y la rodean. Calzadas que la dibiden. Azequías que la atraviesan. Ynundaciones que a padecido desde su Gentilidad. Remedios aplicados. Desagües propuestos, y emprendidos. Origen y fabrica de la Güegüetoca, y estado que oy se halla. Ymposiciones, derrames, y gastos que se an hecho. Forma con que se á actuado desde el año de 1553, hasta el presente de 1637."
Plano de la Ciudad de México, 1912. Levantado y construido para la nueva red de cañerías, Ingeniero director, M. Marroquín y Rivera http://bdmx.mx/detalle/?id_cod=62
Era el año horriblemente memorable del Cólera Morbo ... lo que dejó imborrable impresión en mi espíritu fue la terrible invasión del cólera en aquel año, las calles silenciosas y desiertas en que resonaban a distancia los pasos precipitados de alguno que corría en pos de los auxilios; las banderolas amarillas, negras y blancas que servían de aviso de la enfermedad, de médicos, sacerdotes y casas de caridad; las boticas apretadas de gente; los templos con las puestas abiertas de par en par con mil luces en los altares, la gente arrodillada con los brazos abiertos y derramando lagrimas ... a gran distancia el chirrido lúgubre de carros que atravesaban llenos de cadáveres ... todo se reproduce hoy en mi memoria con colores vivísimos y me hace estremecer.
¡De cuantas escenas desgarradoras fui testigo! Aún recuerdo haber penetrado en una casa, por el entonces Barrio de la Lagunilla, que tendría como cuartos, todos vacíos con las puertas que cerraba y abría el viento abandonados muebles y trastos ... espantosa soledad y silencio como si hubiese encomendado su custodia al terror de la muerte.
Guillermo Prieto, 1833
Lo que podemos hacer con nuestra ciudad